Día 7: Lo que viene es candela

Pues sí, yo había abandonado la oficina municipal, con el corazón palpitando con cierto desacostumbrado ritmo. Un ritmo que no era “ni chicha ni limonada”, como podríamos decir. Porque no sabía si era la rabia la que me atenazaba el estómago, la desilusión por el tiempo perdido… o el hambre que tenía por lo avanzado de la hora. Mi cerebro no concebía, no lograba entender, el por qué un empleado público puede ser tan descortés y desconsiderado, puesto que yo había llegado aún en horario de trabajo, el funcionario se encontraba sin hacer nada (solo bostezar), y había tiempo suficiente para revisarme las planillas bancarias y decirme si todo estaba bien. En fin, para no amargarme tanto la hora del almuerzo, decidí regresar a mi casa y con calma, comer algo, reposar dos minutos y volver antes de la una de la tarde a la oficina, de manera de que ya que comienzan a trabajar (dice uno) a la una de la tarde, tal vez yo lograra ser la primera de la cola y poder ser atendida antes. Así pues inicié el proceso de regreso, con los pasos que ya todos ustedes conocen, (trancapedal y demás). Llegué a casa con cierta alteración rítmica en mi corazón, a la cual ya no hago caso, pues por si no lo saben, mi corazón tiene un tercer latido. ¡Ajá! A que no sabían que eso existía. Y no es broma. Mi corazón en vez de latir con un “pum, pum” como hacen todos los corazones del mundo, pues hace más bien “pum, pum…pum”. Jajajajaja, siii, es cierto. Eso se llama “click” y hace ya bastantes años el cardiólogo me informó que el “click” lo padecía el 9% de la población mundial y que era una enfermedad congénita. Me imagino que actualmente el porcentaje debe ser mayor, sin embargo, a mí en nada me afecta, solo un ligero pataleo en el corazón. Por cierto que el médico que lo diagnosticó tiene muy buen oído, porque tengo entendido que es muy difícil de escuchar el “tercer latido” y por eso la dificultad de diagnóstico. Yo también tengo un super oído porque también me lo escucho (el tercer latido quiero decir). Mi familia menciona siempre mi “super oído”, pues puedo escuchar la conversación de una persona en el celular desde bastante distancia, pudiendo entender lo que habla. Y no solamente eso. Desde la puerta del garaje de mi casa podía escuchar el despertador de la habitación del primer piso de la casa que está enfrente de la mía, cuando yo salía a las 4.45 a.m para ir al trabajo. Todo un record de super oído.
Llegué a casa y realicé los rituales de la hora. Afortunadamente hoy los dolores de la chikungunya no eran tan fuertes. Preparar el almuerzo, poner la mesa, comer, lavarme los dientes, bañarme y ver el reloj para comprobar cuanto tiempo me quedaba. Ya casi era la hora, así que salí de mi casa, me fui por el atajo que da a la autopista para no tener que pararme en los semáforos, o comerme las luces rojas si fuera necesario. Llegué a la alcaldía, realicé el ritual de siempre, y llegué a la oficina, faltando quince minutos para la una de la tarde. Entré, me coloqué en el primer lugar de la cola, junto a la ventanilla en la cual debes agacharte para poder hablar por el hueco del vidrio. Justamente a la media hora, llegó el funcionario (quince minutos más tarde de su hora de entrada, pero me imagino que había trabajado demasiado en la mañana y por eso se tomó quince minutos más de su hora de descanso, pobre hombre), ¡Buenas tardes!, lo saludo…¿Qué deseaba? Me responde…Bueno, aquí están las planillas para que las revise pues quiero pagar los impuestos para sacar las solvencias…le contesto, al mismo tiempo que le entrego las planillas. El funcionario las toma, les da vuelta, las vuelve a ordenar, le da más vueltas y al fin enciende su computadora. Debo esperar que cargue el sistema, me informa. Cuando al fin sucede el milagro de cargarse el sistema, el funcionario revisa mi cuenta y calmosamente y con una sonrisa en su boca (primera vez que lo veo sonreír), me informa que no me pueden dar la solvencia porque mi negocio tiene una multa pendiente de hace varios años.¿Cómo?, respondo yo.¿ Pero si mis inmuebles y de mi medio naranjo, nada tienen que ver con mi negocio?. Además…(le explico)…las solvencias deben salir a mi nombre y al de mi medio naranjo. Entonces el amable funcionario se ensarta en un regaño hacia mi persona :¿por qué las registraron con este nombre?…Respondo: Yo no lo hice, yo los registre con mi nombre y el de mi medio naranjo…Me increpa:¿Quién lo hizo entonces?…Le respondo: No lo sé…Sigue interrogándome: ¿Quién lo hizo?…Contesto: Ya le dije que no lo sé, dígame que hago ahora. A estas alturas, detrás de mi se habían concentrado unas 10 personas, esperando para ser atendidas, y casualmente todas tenían cara de disgusto. El funcionario, casi lanzando espuma por la boca, me dice: Vaya a la oficina de al lado y pregunte por el ingeniero Fulano. Retiro todas mis planillas , me despido con un débil :Gracias. Y arrastrando mis adoloridas piernas salgo de ésta oficina para dirigirme a la oficina de al lado. Entro y veo a una funcionaria , con su camisa roja, bien apretada dentro de unos blue jeans a punto de reventar, sentada detrás de un escritorio, quien concienzudamente estaba enfrascada en un minucioso limado de uñas. Y en el otro lado un señor de cierta edad, muy delgado y con cara de sueño y bigote, y con su consabida camisa roja, sentado en una incómoda silla y el cual parecía ser el vigilante. Buenas tardes (saludo). Buenas tardes (me contesta el señor mayor de cierta edad con cara de sueño y camisa roja)…¿Qué deseaba?…Le informo que deseo hablar con el Ingeniero Fulano. El señor mayor de cierta edad y camisa roja me contesta que le diga a la señorita. (La señorita era la misma del blue jeans apretado hasta reventar quien limaba sus uñas a discreción). Camino hasta el escritorio y le digo: Buenas tardes, señorita, podría hablar con el Ingeniero Fulano?…Me contesta: déjeme ver, espere aquí, (el buenas tardes brilló por su ausencia). Deja por un momento la lima de sus manos y haciendo un gran esfuerzo (se le notaba en el rostro, me imagino por la presión de los blue jeans), tomó el teléfono, marcó un número, habló algo en voz apenas audible, colgó y me dijo: Ya viene, sientese por ahí.Gracias, le contesté, prefiero estar de pie (la razón era que me dolían demasiado las piernas y la espalda debido al virus, y sentarme y levantarme era una verdadera tortura). Al cabo de unos quince minutos de espera desesperada, apareció otra señorita, esta vez flaca, muy flaca, con camisa roja, blue jeans también apretados, pero respirables, quien medio asomada por la puerta preguntó: ¿Quién es que quiere hablar con el ingeniero Fulano?…Me acerqué y le contesté: Yo misma. Me preguntó ella: ¿Para que quiere hablarle?…Le contesté: Para exponerle un problema que tengo con unas planillas que no aparecen a mi nombre sino a nombre de mi negocio y yo necesito que las solvencias salgan a mi nombre y de mi esposo.¡Ah!…(me contestó la señorita flaca, muy flaca, de camisa roja y blue jeans apretados pero respirables), espere aquí. Así pues, suspiré con calma y esta vez si decidí sentarme a pesar de mis incomodidades, porque ví en los ojos de la señorita de camisa roja y blue jeans apretados que la cosa iba a ser para largo. Me senté pues en una silla bastante incómoda y crucé mis manos en actitud resignada, mientras el señor mayor de camisa roja y bigote, que era el vigilante, queriendo hacerse el simpático comenzó a hablar las maravillas del gobierno y lo bien que vivía el pueblo actualmente, mientras el “imperio” quería acabar con el país. Yo me limité a escucharlo en completo silencio, mientras mi pensamiento bullía de rabia por la espera, y quizás por otras causas. Cuando ya creía que me iba a dar la hora del cierre de las oficinas y que sospechaba había perdido mi tarde, se abrió la puerta y salió un hombre pequeño, delgado y medio calvo, con lentes al aire, que afortunadamente tenía cara de buena gente, que me saludó con educación y amabilidad y me preguntó en qué podía ayudarme. Así pues le devolví el saludo, y procedí a explicarle mi problema. Atentamente, el señor ingeniero Fulano, me explicó que debía llevarle un oficio, dirigido al Señor Menganejo, explicando el problema, anexando la fotocopia del documento de propiedad de cada uno de los inmuebles propiedad de mi medio naranjo y mios, además de fotocopia de la cédula de ambos , todo en una carpeta marrón tamaño oficio y con gancho. Dicho todo esto, me aseguró que haría lo posible por ayudarme y se despidió tan amablemente como había llegado. Anoté rapidamente lo que el ingeniero Fulano me había explicado en una libretita de color marrón oscuro con negro, que siempre llevo conmigo, para evitar se me pudiera olvidar algún documento, la señorita de la blusa roja y los blue jeans apretados, siguió limando sus uñas sin levantar la vista a pesar de decirle yo ¡Feliz día!, mientras el señor mayor de camisa roja y bigotes, seguía hablando de las bondades del gobierno. Salí de la oficina, viendo la hora en mi celular, las cuatro de la tarde. Día perdido, uno más, uno menos. Caminé con pies cansados y piernas adoloridas hasta mi automóvil, llevando bajo el brazo mi carpeta con las planillas que hasta el momento, no me habían servido de nada .Me acerqué a cruzar la calle, por donde los vehículos pasan sin ver al peatón y los motociclistas circulan chateando en sus celulares mientras hablan con el que llevan en el asiento trasero…con una habilidad digna de un malabarista, mientras en mi cerebro se formaba una idea cada vez más determinante: ¡Mañana vengo más temprano!

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