Día 5: Una aventura arriesgada

Y claro… no podía imaginar que mi aventura iba a ser más arriesgada de lo que había pensado. Como les comenté ayer, salí campante en mi auto, a buscar un lugar donde me pudieran bajar las planillas de Internet. Planillas que necesitaba para poder pagar los trimestres y obtener las mencionadas solvencias. En este punto, recomiendo a los lectores que me siguen y que se han saltado la lectura de días anteriores y que por lo tanto deben estar como pajarito en jardín, les recomiendo pues, que den marcha atrás, que pongan el retroceso y que comiencen a leer desde el Día 1 y subsiguientes, para que tengan una total comprensión de lo que estoy hablando, de lo contrario se quedarán con los ojos claros y sin vista preguntándose: ¿What is this?… O dicho en criollo y vernáculo: ¿y esto con qué se come?.
Aclarado entonces este punto, prosigo mi relato.
Me regreso a la avenida principal de la urbanización, a un localcito donde recordé funcionaba un pequeño chat y es allí donde generalmente voy a sacar fotocopias. Lo atiende una señora jóven, entradita en carnes, pero eso no le impide ser muy simpática y amable, cosa que no puedo decir lo mismo, cuando está un señor, que quizás sea su esposo, no lo sé, pero que cuando entro y digo “Buenos días”, ni siquiera me mira a los ojos y por supuesto tampoco contesta, quizás su falta de amabilidad sea por no estar entradito en carnes. Pues llego al sitio, tengo la suerte de encontrar un buen lugar para estacionar mi vehículo, procedo a colocar el trancapedal y el tapasol, y con cierto esfuerzo (recuerden que les comenté que tenía la chicungunya), logro bajarme y llegar hasta el negocio. Toco a la puerta, me abre la señora algo entradita en carnes pero muy simpática y amable , la saludo con cordialidad y ella me responde de la misma manera y entonces le pregunto si puede bajarme unas planillas por Internet. Ella me mira directamente a los ojos, clava su mirada en mí, no sé si con lástima o con tristeza y con una voz apacible me contesta: Podría, pero lamentablemente estamos sin luz desde las ocho de la mañana. (Debo añadir que en ese momento eran las once del día). Mi expresión se transfigura y con voz doliente contesto:¡Ay Dios, que buena broma, otra vez!. En vista de la imposibilidad de lograr mi cometido en ese lugar, le pregunto: ¿No hay por aquí otro sitio dónde bajen planillas? La señora entradita en carnes, pero muy simpática y amable me responde que más adelante cerca del puente (el puente es un elevado para el paso vehicular, que hace tiempo construyeron para unir la urbanización con la zona de la ciudad, y que es “tan” elevado que no dan ganas de subirlo andando y que por debajo de ese elevado pasa la autopista.También debo aclarar que las defensas de protección del mencionado elevado, en la parte de las aceras, por donde pasan los peatones, han desaparecido (las defensas no los peatones), pues los recuperadores de metal las han robado para venderlas y ganarse un dinerito extra, y quizás sea por esa causa que han ocurrido tres accidentes en los cuales una persona se cae a la autopista, con los resultados que ya se sabe pueden ocurrir).¡Caramba! Otra vez me salgo del tema. Me perdonan queridos y consecuentes lectores, ya les expliqué en una oportunidad que mi cerebro funciona a velocidades insospechadas y se mezclan las ideas como en una licuadora (de conocida marca, de las que antes costaban como muy caras en quinientos bolívares y que ahora te cuestan más caras todavía casi como lo que antes costaba un vehiculo)
Les pido disculpas y continúo el relato…
Me encamino hacia el sitio recomendado por la señora (entradita en carnes,pero muy amable y simpática), pero para evitar tener que sacar el trancapedal y el tapasol de mi auto, y a pesar de mi incomodidad al caminar, decido irme paso a paso esas tres o cuatro cuadras hasta el sitio recomendado. Tres o cuatro cuadras que se convirtieron como por arte de magia en cinco o seis y que me dejaron con las piernas haciendo cuíííííí´. Afortunadamente, ese negocio estaba en otro sector del atendido por el servicio de energía eléctrica y contaba con ella. Así pues entré y dije: Buenos días… mientras aguzaba el oído esperando las respuestas que sorpresivamente me llegaron a coro desde tres computadoras distintas y detrás de un mostrador. Hice mi pregunta de rigor: ¿Pueden bajarme unas planillas por Internet?…¡sí, claro!, me da su clave por favor…Le doy mi clave para entrar en mi página del Municipio, y como por arte de magia, tengo en mis manos, a los pocos minutos, las tan anheladas planillas. Me extraña, eso sí, que no tengan mi nombre escrito sino el nombre de mi negocio. Bastante extraño por supuesto, pues los inmuebles son míos y de mi medio naranjo(o sea mi esposo), no de mi negocio. Pero, como aquí en el país de lo posible, todo es posible (valga la rebuznancia…perdón la redundancia), pienso que pronto me enfrentaré a la verdad verdadera de esto. A la razón, pues, de este equívoco, y ya de una, me voy temiendo las consecuencias que imagino funestas.

Regreso mis pasos por las cinco o seis cuadras, después de haber cancelado el precio de las planillas, aproximadamente unos doscientos cincuenta bolivares. (Lo que antes hubiera sido unos veinte bolivares más o menos). Llego hasta mi auto, sudando por la hora, cansada, malhumorada y sedienta y por si fuera poco adoloridas mis piernas. Pero eso no me hará cambiar mi determinación de conseguir las solvencias. Todo este proceso se he ha hecho algo complicado por lo nuevo, ya que anteriormente, el pago de los impuestos anuales, las declaraciones de impuesto, la renovación de la patente de comercio, todos esos trámites me los hacía un eficiente contador público, al cual pago mensualmente sus honorarios, aunque estos trámites debo cancelarselos “aparte”. En fin, este detalle no viene al caso, como en esos momentos yo no estaba trabajando, (y no estaba trabajando, ya que la dueña del local dónde se encontraba mi pequeño restaurant, se antojo de que yo le pusiera paredes y piso de cerámica a su local, pagando de mi bolsillo y sin que ella quisiera reconocerme el gasto de ninguna manera, por lo cual, al yo decirle que no estaba dispuesta a eso, me mandó a desocuparlo, al término del contrato, o sea al mes siguiente de comunicarmelo, y claro está al yo denunciar eso en la oficina de inquilinato,para que me concedieran prórroga de un año para poderme mudar, ella tuvo represalias conmigo, haciendome la vida imposible). Perdonen el salto, prosigo… pues yo misma me hacía los trámites y así podía ahorrarme algún dinerito. Llegué al vehículo con mi montón de planillas, realicé el ritual de siempre (trancapedal, tapasol) y me dije para mis adentros: ¡Ya tengo las planillas, ahora ya todo será coser y cantar!
Pero…ví la hora…las 11.30…me dije…en la Alcaldía deben estar cerrando, tal vez si me apuro llego a tiempo. Así que encendí las turbinas del motor (jajajajaja…¿cuáles turbinas?)y salí soplada hasta la Alcaldía. Llegué en cinco minutos, ya que por fortuna todos los semáforos me tocaron en verde. Conseguí un sitio para estacionar. En tiempo record, digno del Guiness, puse el trancapedal, el tapasol no lo puse, no me daría tiempo, me bajé sin pensar en el dolor de las piernas, procedí a volver a colocar en mi cerebro el tema de “Carros de fuego” y llegué a la oficina, faltando veinticinco minutos para el cierre. ¡No había cola!(Que alegría, que emoción, era increíble)…Me acerqué a la ventanilla, me doblé hasta la cintura para poder hablarle al funcionario que, camisa roja y cara de sueño, estaba sentado detrás de su escritorio y le solté un ¡Buenos días! alegre y confiada, mientras el funcionario, bostezando me contestó: Tendrá que venir a la tarde, porque faltan veinte minutos para las 12 y a las doce tengo que salir a almorzar. De más está decir que no me recibió las planillas ni se fue a almorzar, simplemente se quedó allí sentado bostezando y viendo al frente.
Con mi corazón vuelto un huracán de emociones y frustraciones, tomé mis planillas, dí media vuelta y salí hacia mi automóvil, pensando…¿Qué me prepararé de almuerzo?

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